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  • ¿Ha muerto Madre Carmen?


El 8 de mayo de 1884 funda la Congregación de Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones.
Atrás ha quedado como una estela luminosa de su vida seglar.
Como si nada hubiera sucedido, como si todo hubiera sido fácil en la vida, con un dinamismo impropio de sus circunstancias y con un gran peso de madurez y de virtud probada, se enfrenta, como Fundadora, con la puesta en marcha de una Obra de la Iglesia y se nos revela como un modelo de religiosa la que desde ahora llamamos Madre Carmen.
La Congregación que acaba de nacer en Antequera, dentro de la Familia Franciscana, tiene unas notas peculiares y una espiritualidad propia basada en el Misterio del Amor del Corazón de Cristo y en la Fidelidad del Corazón de María.
De estas fuentes sacará, Madre Carmen, inspiración para acercarse a quienes la necesiten y para impulsar y orientar la fuerza apostólica de la Congregación hacia la Educación de la infancia y juventud, y en el Cuidado y Asistencia de los enfermos y ancianos, con un estilo típicamente suyo que recuerda al de Francisco de Asís: «sin apagar el espíritu».
Mientras la Congregación se va extendiendo por la geografía española, como obra de Dios, tenía que ser probada y lo fue en la persona de su Fundadora. Dificultades, humillaciones, incomprensiones tanto más dolorosas cuanto de procedencia más cercana, recayeron sobre Madre Carmen sin arredrarla, dando pruebas de una fe tan grande que quien la conocía a fondo pudo decir: «Esta mujer tiene más fe que Abraham».
Cada golpe de la tribulación la va adentrando más en el Misterio de Cristo, muerto y resucitado para la salvación del mundo. Lo ha comprendido todo y por eso dirá a las hermanas: «La vida del Calvario es la más segura y provechosa para el alma».
En esa actitud serena de abandono en las manos de Dios, se ocupa de los asuntos de la Congregación, se interesa por cada Hermana, por lo que se hace y lo que se podrá hacer. Pero su salud está muy quebrantada.
Si toda su vida ha estado orientada a Dios, en la recta final acelera el paso, vive como lanzada, habla mucho del cielo.
Así, desprend ida de todo, el 9 de noviembre de 1899, roto el último hilo que físicamente la ligaba a la tierra, voló a la Casa del Padre, dejando en la Iglesia una Congregación en marcha con once casas fundadas por ella, después de haber superado con una altura espiritual extraordinaria todas las situaciones que la vida puede ofrecer a una mujer; su falta de hijos no le impidió tener un corazón de Madre siempre a punto para quienes la necesitaban.

 

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Lo de calle Merecillas no era sólo una obra social. Era consecuencia. La llama estaba más adentro. Carmen arde en deseos de consagrarse a Dios. Ya tiene varias compañeras que secundan estas aspiraciones.

 

El Padre Bernabé ve claro que un tallo nuevo y frondoso le está naciendo al árbol de la Iglesia. Sabe que el Obispo Don Manuel Gómez Salazar ha de decir que sí, que aquello viene de Dios. Bendice los proyectos cerca de la Navidad de 1882: «...deseando algunas de las terciarias franciscanas de esta ciudad, formar una congregación religiosa, consagrándose con los tres votos de obediencia, pobreza y castidad, al servicio de Dios; ejercitándose en obras de beneficencia, especialmente en la educación de las clases pobres...»Text39854

Y ahora ya, ¿todo sobre ruedas?

No; no puede ser. Doña Carmen sabe que sus obras estarán cimentadas sobre el Calvario y esta vez no ha de ser menos.

En esta ocasión es la familia.

Las rentas que le quedaron al enviudar no eran suficientes para cubrir gastos.

Ella pasa con poco, con menos de lo necesario, muchas veces; pero sus «angelitos», como ella los llama, se lo merecen todo.

La familia tiene de sobra, pero, ¡claro!, hay cosas que hacen peligrar el buen nombre, que los ponen a todos en ridículo... y le niegan su ayuda. No por mala voluntad, sino por incomprensión.

No fue por mala voluntad la retirada de los familiares; eso es seguro.

Es que, ¡cuesta tanto ver la Resurrección detrás de cada aniquilamiento, de cada apariencia de ridículo, detrás de cada Cruz tomada a ejemplo de Cristo!...

Luego se reanudarían las relaciones completamente normales.

Dios bendice la obra y doña Carmen arde en deseos de consagrársele definitivamente. Comunica a sus compañeras su propósito de buscar un lugar amplio en donde poderse organizar convenientemente para vivir en comunidad. Habría que procurar capilla o sitio para ella, con el fin de tener muy cerquita el Santísimo.

Así se podrían dar ya de firme los pasos en orden a la Congregación religiosa que proyecta fundar.

Hay que procurar también sitio suficiente para las clases, ya que la casa de calle Merecillas, al aumentar el número de alumnos, va resultando pequeña.

Surge la idea de instalarse en alguno de los conventos deshabitados que existen entrasran Antequera; al fin optan por el de Nuestra Señora de la Victoria, (21) el que fue convento de los Mínimos.

Nuevos preparativos, nuevas dificultades, nuevas aportaciones. Es necesario contar con el propietario del convento, con la Cofradía de los Terceros de San Francisco de Paula...

El Obispo de la Diócesis, don Manuel Gómez Salazar, acoge el proyecto favorablemente.

Todo se va solucionando, y en mayo podrán ya instalarse en la nueva residencia.

Este será su rincón—¡feliz rincón!—, el mejor testigo de la heroica sencillez de su vida.

Carmen mira cada rincón del convento con los ojos llenos de proyectos ¡Le parece tan bonito! En la habitación de abajo, con unas graditas, se apañará la clase. En la parte alta, el dormitorio... Quiere vivir pobre. Le hace falta tan poco.. ¡Ah!, pero para el Señor la cosa caText40547mbia. La Iglesia es el centro de la casa (22). Le llaman de la Victoria.

Ahora aumentan las dificultades; ella no se acobarda. Muchos de los bienhechores, al ver la envergadura del nuevo proyecto, comienzan a retirar su ayuda.

Al fin, el 8 de Mayo de 1884 se terminan las obras imprescindibles. Han sido días de trabajo intenso para Doña Carmen y sus compañeras. ¡Hubieron de salvarse tantas dificultades para la rehabilitación del convento y adaptarlo a las exigencias de la nueva fundación!...

Hacía ya muchos años que no resonaban en los viejos muros de la Victoria palabras de entrega y fidelidad.

Esa tarde, Doña Carmen, seguida de tres de sus compañeras —Josefa Rabaneda, Ana Martínez y Francisca Lisaso— en un acto que rezuma por los cuatro costados sencillez franciscana, toma posesión de la Casa que sería la cuna de la naciente Congregación.

 

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En poco tiempo, las clases de párvulos y niñas mayores de la Victoria se llenan.

 

Aquel grupo de futuras religiosas va creando un ambiente acogedor que atrae no sólo a cuantos les confían la formación de sus hijos, sino también a todos los que antes volvieron la espalda censurando lo temerario de la empresa.

A las cuatro primeras, se van sumando otras más.

Algunas de ellas se trasladan a Granada para completar y ampliar su formación.

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Puesto que se han unido para formar una Congregación religiosa, es preciso redactar las Constituciones propias; se inicia la tarea en colaboración del Padre Bernabé.

Se están trazando los rasgos esenciales de una nueva fraternidad franciscana, bajo el sello de Dios.

Los distintos puntos se tratan en la Victoria, y luego el Padre Bernabé, ya sólo, les da la redacción definitiva.

Un día, algo no está del todo claro y el Padre interviene seguro, con naturalidad, dirigiéndose a doña Carmen:

—Recuerde que eso lo tratamos anoche usted y yo en Capuchinos.

Las compañeras se miran sorprendidas; están seguras que aquella noche la Madre no había salido de la Victoria y no se puede pensar ni siquiera en una salida rápida, dada la distancia existente entre las dos Casas. [Ver distancias en el plano]

¿Se trata entonces de un caso claro de bilocación?...

Doña Carmen en aquel momento no dice nada.

Luego confirma el hecho al rogarles que guarden en secreto lo sucedido.

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El impulso de la gracia fortalece y fecunda los esfuerzos por elaborar estas normas, que constituyen todo un programa de santificación, y, el 10 de julio de ese mismo año, es una realidad su aprobación y queda instituida la Congregación de HERMANAS TERCIARIAS FRANCISCANAS DE LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y MARÍA a escala diocesana.

Terciarias Franciscanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Es la primera pincelada que dibuja la espiritualidad de la naciente Congregación: «Amor a la Humanidad de Cristo y a la Virgen, a quienes contemplarán en la grandeza de sus corazones», que constituyen el centro de su escudo, rubricados con el desnudo brazo del Crucificado y el de Francisco, significando la perpetua alianza de la Divinidad con la pobreza y sencillez del hombre.

Es la fuente donde se alimentan estas Constituciones que:

— están encaminadas a buscar la mayor gloria de Dios,

— son un programa de austeridad admirable, de auténtica vida interior y de celo por la salvación de los hombres,

— están asentadas en la Regla Tercera de San Francisco,

— son promotoras de obras de caridad y misericordia,

— están orientadas a vivir en plena adhesión a la Iglesia,

— son la proyección del espíritu y la vida de Madre Carmen.

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Lo sabían: no se trataba de programar una vida fácil, sino de dar orden y mayor eficacia a una vida consagrada a Dios y a los hombres.

El arquetipo que han de imitar es el mismo Cristo, reflejando su vida y vivificando su Mensaje.

Las principales señales de su camino son las trazadas por Francisco de Asís; la forma de vida, también contemplativa y activa.

El primer lugar lo ocupará la oración, ya que será en la comunicación con Dios donde podrán obtener la fecundidad de su apostolado. Sí; la oración en primer lugar. Es una costumbre antigua, pero no anticuada. O mejor, ni siquiera una costumbre, sino una necesidad vital.

La convivencia de los miembros de la Congregación, está marcada asimismo por el sello inconfundible de Francisco de Asís. Las Constituciones lo resumen llamándolo «espíritu de Familia», y explican que «consiste en una disposición general de caridad que, derramada en todos los miembros de la Congregación, les hace amar su vida común, sus mutuas relaciones... Es un espíritu de paz, de sencillez, de abnegación, de concordia y de sacrificio».

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El 17 de septiembre de 1884 cuando han pasado apenas cinco meses, es un día señalado en toda vida franciscana: ¡La impresión de las Divinas Llagas en el cuerpo de San Francisco!

 

No es una fecha más; esta festividad contiene una huella evangélica que habla de identificación, de desnudez absoluta de sí, de despojo total...

Es el día en que doña Carmen y sus siete primeras compañeras ciñen la cuerda seráfica al tosco sayal franciscano que por primera vez visten.

Y desde entonces, todas la llamaron Sor Carmen del Niño Jesús.

No era extraño que adoptara este nombre. Ella solía repetir con frecuencia: «Mirad en los niños la presencia de Jesús Infante.» El Niño Jesús era su imagen preferida (25). Le hablaba de pequeñez, de anonadamiento para conseguir un amor grande; le inspiraba una confianza sin límites; lo veía encarnado en cada uno de los pequeños a quienes atendía.

Con toda el alma, que era como solía hacer las cosas, Sor Carmen se afana en llevar cada día hasta sus últimas consecuencias lo que exige su vida religiosa:

—aumenta particularmente su tiempo de oración, permaneciendo hasta media noche en el coro,

—no desmaya en las prácticas de penitencia,

—se entrega más y más a los hermanos dando su tiempo, su comida, dándose a sí misma.

 

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Niño Jesús de la Calavera de especial devoción de Madre Carmen.

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En febrero de 1885, el señor Obispo de Málaga les concede el permiso para hacer los votos perpetuos. Y Sor Carmen, con esa intuición que tienen los santos, renuncia a ello humildemente...; los harían temporales.

 

Después... no todas perseveraron.

La Fundadora queda desde entonces como Superiora General de la Congregación; queda oficialmente al frente del nuevo Instituto. Un cargo duro, mas confía en Dios y en el apoyo del Padre Bernabé.Text39854

Sin embargo, Dios empieza muy pronto a hacerles ver que la Consagración a Él no es verdaderamente eficaz sino en medio del sacrificio. A los pocos días, el Padre Bernabé es trasladado a Pamplona; dejaría de alentarlas con su presencia. A distancia rezaría por ella y daría a conocer la Congregación por otras regiones.

 

Es lógico que en la Victoria se sintiera la noticia. Sólo unos ojos esclarecidos por la fe podrían abarcar la verdadera dimensión de aquel acontecimiento. Y ahí está Madre Carmen demostrando su temple, como en tantos momentos cruciales de su vida.

Convenía que se viera palpable que la obra era de Dios, que Él se ocupaba directamente de sostenerla.

Cierto. A finales de aquel año eran ya veintiséis las religiosas en la Victoria.

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Resulta difícil detallar una a una las menudencias del vivir de cada día en la Victoria.

 

Para comprender la base, el porqué, el alguien sobre el que se sustenta, podemos fijarnos en el cuadro que llaman: «La lección del Crucifijo»: (26)

Eran los últimos días de la Cuaresma, en la huerta la vida brotaba verde.

El árbol grande, extendía majestuoso sus ramas ofreciendo generoso su sombra.

Las hermanas solían sentarse allí para escuchar con toda su atención la «explicación» de Madre Carmen.

Con sencillas palabras, que brotaban de su honda experiencia de Dios las animaba a seguir el Camino.

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Esta tarde, pensó que una imagen vale más que mil palabras.

Y cuando sus hijas se disponían a escuchar, sacó el Crucifijo y mostrándoselo, las invitó a mirar larga y amorosamente el Crucificado.

Lección breve y honda.

Después, mirándolas con infinito cariño, como quien descubre al ser querido el más preciado secreto:

«Hijas, la vida del Calvario es la más segura y provechosa para el alma»

Luego en el recreo de la noche, era delicioso escuchar lo que a cada una le había sugerido la magistral lección de la Madre.

Y todas sabían que la lección de la Madre no era sólo palabras bonitas.

Eran testigos de que Madre Carmen:

— se entregaba solícita al trabajo común, buscando la parte más dura para ella,

— hacia penitencia,

— aceptaba con gozo la falta de lo necesario

y Él era testigo de mucho más.

Pero ¡es tan diminuto, tan pobre, un cliché para plasmar la grandeza de aquellas vidas!...

Hay muchas escenas de las que nadie sacó una instantánea; y es mejor, porque hubieran perdido vitalidad y son las hermanas las que cuentan cómo Dios actuaba a través de la Madre:

—Sor Froilana está enferma con una erupción que desfigura su rostro. Aunque se resistía a saludar a la Madre por poderle causar repugnancia, ésta se le acerca y la besa con todo cariño. Al poco tiempo, la costra que cubría su rostro va desapareciendo.

—La misma Sor Froilana cuenta que en otra ocasión la Madre se acercó a una Hermana gravemente enferma y le dijo con cariño: «¡No quiero que te mueras, yo quiero que vivas para trabajar»!; y la enferma curó y vivió hasta los 90 años.

—Se acercaba la toma de hábito y no había tela y la Madre Maestra que confiaba plenamente en Madre Carmen, le mandó la tela que quedaba para que la bendijera con su cordón franciscano. Y ciertamente se obró el milagro: la tela, que llamaron la «tela del milagro», se multiplicó y sobró para otros hábitos.

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En otras ocasiones, el prodigio encierra mucho más que el remedio de una necesidad material.

Sube la Hermana de la cocina preocupada.

—Madre, esta noche no tenemos pan.

Madre Carmen se le queda mirando profundamente. Parece no darse por aludida, y habla como sin pensar en voz alta:

—¡Si tuviéramos una fe grande en Dios...! no nos faltaría nada. Abrazar y vivir la pobreza en su nombre y por su amor es una riqueza inmensa, ya que así El nos enseña a valorar las cosas desde su mismo punto de vista, a desear lo bueno y no codiciar lo inútil, a confiarle lo necesario... Olvidar esto es malgastar la fortuna que el Señor nos concede por nuestro desprendimiento.

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Quizá Madre Carmen consideró excesiva la justa preocupación de la Hermana y quiso darle una lección de abandono en las manos de Dios:

—Mira, lo peor que puede suceder a un hijo es que pierda la confianza en su padre. Somos hijos de Dios y esto con todas las consecuencias. No es que vayamos a exigirle, pues de nuestra parte bien poco merecemos, pero hemos de dejar en sus manos todas nuestras cosas, pedirle con sencillez y pensar que lo que nos da es lo mejor que en ese momento tiene para nosotras...

Con mucho cariño, le dice:

—Anda, vuelve a la despensa y, mientras llegas, reza el Padrenuestro.

—«Padre nuestro que estás en los cielos... El pan nuestro... dánosle hoy...».

Ahora comprende las palabras de la Madre. Donde antes comprobó que estaba el vacío encuentra ahora pan suficiente. No acaba de creerlo.

Ve que es Dios quien ha hecho el milagro, pero sabe que ha sido su propia fe, sostenida por la gigantesca fe de Madre Carmen, la que ha movido la Divina Bondad...

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Hasta esos extremos llega Madre Carmen a comunicar la sabiduría que ella busca incansable, hasta sobrepasar las fronteras de lo puramente natural...

Otra vez, saca del apuro a una Carmelita Descalza:

—¡No tema, Sor Josefa!, nosotras cuidaremos de su madre.

Madre Carmen era muy joven cuando perdió la suya, pero comprendía perfectamente la situación y recogió en La Victoria a la pobre anciana.

Nada le parecía excesivo cuando se trataba de socorrer al necesitado, aun sacrificando lo más preciso, la mayoría de las veces.

Es víspera de Nochebuena. Hace saber a sus hijas que, para Navidad, sólo cuentan con pan, queso y unas pocas pesetas. Pero las anima recordándoles que cuentan con algo más: un amor grande que las llena de alegría al experimentar el rigor de la pobreza, porque son hijas del Pobrecillo de Asís.

En esto entra Sor Juliana, la Hermana portera, diciendo que ha llegado una chiquilla como de seis años, sin padre, sin zapatos, casi sin ropa, pidiendo algo para su madre que está enferma.

Madre Carmen la hace subir; le da «pan, queso y unas pocas pesetas» para que puedan comprar algo de cena, y le proporciona también alguna ropa...

¿Y ahora?...

La Providencia es Providencia para todos. Madre Carmen lo sabe y su confianza hace confiar a sus hijas.

Al poco rato llega a la puerta del convento un lote de provisiones más que suficiente para todos aquellos días de fiesta, que enviaba un bienhechor.

Otro día es una pequeña del Colegio.

La niña se desvanece porque lleva muchas horas sin probar bocado.

La escena se repite: toma de lo poco que hay y le da lo mejor para ella y su familia... Y otra vez Dios vuelve a proveer.

Muchas, muchísimas veces, saborean el absoluto carecer, al no tener hábitos que ponerse ni alimentos que cubrieran la necesidad más esencial.

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¡Es bellísima la espiga cargada de fruto! Nadie se atrevería a deshacerla, a no ser por el himno de esperanza que cada grano encierra en su interior.

 

Así piensa Madre Carmen al ver cómo ha crecido el número de sus hijas desde que llegó a la Victoria.

Se acerca el momento en que deben separarse, como los granos de una espiga, porque es necesario florecer en otras tierras.

Castilla con su interminable meseta, será la primera en recibirlas. Se harán cargo del Hospital de San Miguel, en Nava del Rey.

En poco tiempo queda preparado lo necesario, y llega la hora de partir. La separación es dolorosa; ¡es tan bella la espiga, tan segura la unidad de sus granos!

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Madre Carmen las acompañará en su nuevo destino. Antes de salir les habla, les dice muchas cosas a las que se van y a las que se quedan. Su presencia las sostiene.

Es primavera cuando realizan el traslado; entran callandito en la ciudad y la Madre regresa a Antequera sin apenas ser vista.

Más tarde... por sus frutos las conocerán.

Así es; apenas un mes y hay que mandar refuerzo, porque el trabajo es agotador. Las religiosas no sólo atienden al Hospital; también se han abierto clases para la formación de párvulos y niñas mayores.

La primera visita de Madre Carmen, poco después, fue inolvidable y consoladora; los chiquillos se agolpaban para verla y besarle el cordón. Todo el pueblo quería a sus Hijas.

El Padre Bernabé sigue protegiéndolas desde lejos. Desde Cataluña requiere la presencia de la Madre para el nacimiento de un nuevo brote en aquella tierra.

En 1887, con seis de sus Hijas se dirige a Barcelona, y muy cerquita de la capital, en Tiana, inicia los preparativos (29). Depender por completo de la Divina Providencia es la única consigna trazada como medio de vida, en esta Casa.

 

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En Tiana estaban intranquilos por la salud de Sor Encarnación; la enfermedad avanza cada vez más.

 

La enfermera se inquieta:

—Madre, parece que ha vuelto a agravarse; se da cuenta que se muere, pero está muy serena.

—Vamos a avisar a nuestra Madre antes de que sea tarde; ahora está en Nava del Rey haciendo la visita.

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Cuando llega el aviso, Madre Carmen se halla en cama; tiene mucha fiebre, su salud está quebrantada. Se cumple entonces la ley del más fuerte y el amor puede lo que la salud no sería capaz de resistir. Al saber la noticia se pone en camino. Es madre y su corazón no vacila en satisfacer el justo deseo de una hija suya, que quiere abrazarla antes de morir.

Llega a Tiana. Sor Encarnación acaba de expirar con una paz admirable, como quien marcha seguro a alcanzar el deseado fruto de una sorpresa.

La Madre no ha podido dar el último abrazo a la primera de sus hijas que ha gastado su vida al servicio de Dios en la Congregación. Es un dolor nuevo el que su corazón experimenta, y que también ofrece al Señor, en callada oración, con el mismo amor que los anteriores y los que seguirán... El mismo amor, pero que parece hacerse nuevo a cada dolor.

La Madre no ha podido dar el último abrazo...

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El 20 de febrero de 1889 tiene lugar la primera Profesión de Votos Perpetuos, de Madre Carmen y cuatro Hermanas.

 

Y Madre Carmen, con más confianza en el Señor, sigue plantando nuevos brotes.

Otra vez en Cataluña. El Obispo, don Jaime Catalá, bendice la Escuela que se abre en Mataró para la formación de las hijas de las obreras.

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Alguien presagia que de aquí han de surgir enormes contrariedades. Pero los obstáculos no la oprimen; al contrario, parecen más bien fortalecerla. La prueba es que al mismo tiempo emprende la ampliación de lo que ya venía funcionando en Nava del Rey.

De vuelta en Antequera, un día visita La Victoria el Padre Ambrosio de Valencina, capuchino. Se interesa por las casas fundadas, por las aspirantes... Al saber el número de religiosas cambió el tono de su voz:

—Madre Carmen, pida mucho a Dios por su Congregación. Cuando lleguen a cien habrá en ella grandes acontecimientos.

Es curioso; no se sabe qué tiene más acento profético, si las palabras del Padre Ambrosio o la paz con que la Madre las escucha, como quien oye algo que no le es desconocido...

Nunca ha dejado de pedir a Dios por la Congregación, de ponerla en sus manos. Sabe que es una obra a medias y que ella es sólo el instrumento.

Le vienen a proponer unirse con un Instituto de religiosas, también franciscanas, no muy floreciente por entonces. Madre Carmen tiene experiencias poco agradables de un caso parecido. No obstante, consulta y, tras haber puesto los medios necesarios, cree más prudente no aceptar la fusión.

Los que pidieron la unión no se resignan tan fácilmente.

—¡Ya se acordarán de la negativa! ¡No he de parar hasta que acabe con la Congregación de Madre Carmen!

Empieza a levantarse el primer oleaje de una durísima tempestad...

Se lo cuentan a la Madre. Es precisamente un fraile capuchino, hermano en religión del Padre Bernabé, quien ha hecho la amenaza.

¡Surgen a veces reacciones tan incomprensibles entre los hombres! A ella le duele en el alma la injusticia. Es lógico, están lastimando sus intereses más íntimos. No responde con un arrebato de ira, pero tampoco se acobarda. Lo que sus palabras reflejan es indignación ante lo que está sucediendo.

—La Congregación no es mía, es de Dios. Puede hacer cuanto quiera; y ya veremos quién puede más, el fraile o Dios.

El enemigo lo ha prometido y no descansa.

Acepta, de acuerdo con el Padre Bernabé, fundar en un pueblecito valenciano. Ya está todo listo; se disponen a marchar cuando les dicen que otras religiosas, haciéndose pasar por franciscanas de Antequera, las han suplantado. Dicen también que no han sido ellas, que alguien las llevó al pueblo haciendo creer a la gente que eran las de Madre Carmen.

—Al fin son nuestras hermanas; no hay que culparlas de nada. Ellas fueron donde las mandaron.

No es sólo una disculpa caritativa; Madre Carmen sabe de dónde procede tal maniobra, y en su interior tampoco las acusa.

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No es extraño que esté enferma. La virilidad que ha mostrado siempre es fruto más de la gracia y del esfuerzo constante que de la naturaleza. Además, ella no es muy fuerte, y las fatigas y disgustos no le atacan en balde.

En cuanto su salud la deja, se dispone la incansable fundadora a compensar la arrebatada labor... Es preciso dar a la obra el matiz de la acción que la Congregación de las Franciscanas viene desplegando. Además de dar asilo y educación a parvulitos, atenderá a obreras en clases dominicales.

Todo sigue su curso. Todo; la tempestad también. Directa o indirectamente, el enemigo no cesa de atacar. Esta vez contra el Padre Bernabé: interpretaciones desviadas, prohibición de ir a Antequera para visitar a sus religiosas y de dar Ejercicios espirituales en ninguna Casa de la Congregación...

Madre Carmen lo ve claro: están probando cuál será el punto más vulnerable.

Dios vela por su obra y por sus siervos. Los Superiores de la Orden Capuchina en Roma se interesan por el asunto, y al apreciar la bajeza que se está tramando reconocen la inocencia del Padre Bernabé, le animan para que no se deje abatir por las maquinaciones de unos cuantos y le autorizan el viaje a Antequera y la predicación de los Ejercicios a las Terciarias.

Es fácil decirlo, pero la batalla ha sido muy dura.

Sanlúcar es el nuevo destino que la obediencia asigna al Padre fundador. Al poco tiempo de llegar se encuentra con, un antiguo discípulo:

—¡Por Dios, Padre, el Colegio de huérfanas de Marchena se viene abajo!

Así solicitaba su ayuda para un grupo de jóvenes mal atendidas en todos los aspectos. Y una vez más el paño de lágrimas es Madre Carmen, que sale en seguida para Marchena y comprueba la triste realidad y el extenso campo que se abre en aquel medio derruido convento, para derramar ayuda, caridad y ternura.

El grupo de Franciscanas no tarda en hacerse cargo de la obra; a pesar de las circunstancias, no quieren demorar su llegada; las huerfanitas esperan.

Los comienzos se presentan muy difíciles, pero, al fin y al cabo, trabajo, incomodidad, pobreza... son sinónimos de franciscanismo cuando van sellados con la oración, el amor y la alegría.

Allí había mucho que hacer y ¡claro que lo hicieron!

La labor convence, y proponen a la Fundadora clases retribuidas para ayudar al orfanato y hasta un internado.

¿Cuál es la respuesta?

¡Sí! Aceptar siempre, cuando es Dios quien está a la vista. Aceptar y actuar con la misma sencillez en las cosas grandes que en las pequeñas. Este es el sello de Madre Carmen, la constante que se mantiene en todas sus obras.

Hacía ya mucho, los fundadores tenían un gran deseo que creían conveniente para la Congregación: instalar un colegio para formar espiritual y técnicamente a las jóvenes con vocación religiosa. En la misma Antequera se pudo realizar el proyecto, y fue Madre Carmen quien directamente se ocupó de la instrucción de las niñas. "La Escuela Seráfica" sería un centro en donde se trataría con mimo de que el fruto prematuramente sazonado no se perdiera.

Una y otra vez insisten desde Osuna, impulsados por las referencias de la buena marcha del colegio en Marchena, para que acudan a hacerse cargo de un hospital.

Humanamente hablando, es imposible; ¡no podrán con nuevos gastos!

Madre Carmen ya tiene un Sí preparado; lo ha ido labrando día a día. Ella da siempre respuesta afirmativa a todo lo bueno, a todo lo bello, a lo doloroso... con tal que sea la Voluntad Divina... Pero antes de aceptar definitivamente consulta al Padre Bernabé. Él conoce hasta dónde llega el espíritu de servicio de sus religiosas, por eso también dice que «sí».

Con este ritmo, en sólo diez años, once Casas repartidas por la geografía española, en diversos ministerios, atendiendo a miles de niños, obreras, enfermos...

Madre Carmen pida mucho a Dios...

La Congregación no es mía...

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«Un pedazo de cielo os daría a todas».

 

Así se desbordaba, paternal y cariñoso, el corazón del Padre Bernabé, contemplando La Victoria y a sus religiosas.

Esas fueron las últimas palabras que oyeron de sus labios aquellas que habían sido siempre para él como las niñas de sus ojos.

Sin embargo, en este momento de la vida de la Congregación y de la Fundadora tiene que apartarse por completo de ellas.

Madre Carmen queda sola al frente de todo, sin poder contar ya con su apoyo y su consejo.

La Madre presentía el mar de contrariedades que se avecinaba; por eso se afirmaba cada vez más en Dios, porque sabía que sólo enclavándose en El sería posible la travesía.

¡Se habrían de acumular tantas pruebas!...

Ella, que era pobre hasta la médula, iba a ser despojada del todo; iba a ver plenamente realizado en su vida el «seguimiento desnudo de Cristo desnudo», como perfecta hija de Francisco de Asís.

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Poco a poco el malestar va a ir suplantando el Espíritu de Familia que con tanto empeño inculcara a sus hijas.

¿Causas?...

—que si no empleó un donativo en la obra acordada,

—que si retenía y malgastaba las aportaciones de las que ingresaban.

Este era el comienzo de una serie de infundadas calumnias que iban a caer sobre la Madre hasta llenar por completo el cáliz de su amargura.

Y lo más duro... !Eran sus hijas .. De las predilectas..., de sus primeras compañeras...

¿Mala intención? ¡No! Después se vería.

En algunas de sus Comunidades se niegan a acoger a la Madre y aparecen brotes de rebeldía.

Se acerca la gran prueba. La Madre ora en silencio. Sabe que algunas de sus hijas no obran con sinceridad. Asuntos que hubiesen tenido remedio de haberlos conocido la Madre, le originan muchos sufrimientos que ponen de manifiesto su fortaleza ante las contrariedades de la vida.

Como los ánimos están cada vez más excitados en un pequeño sector del Instituto, Madre Carmen pide a Roma la celebración de un Capítulo General, que se celebraría en Valladolid bajo la presidencia del Sr. Cardenal Cascajares.

Madre Carmen cumplió al pie de la letra las instrucciones dadas por el Sr. Cardenal para el Capítulo.

Se reunirían en La Nava para marchar todas juntas a Valladolid donde se hospedarían en una casa de las Carmelitas de Vedruna.

Algunas capitulares, contrarias a la Madre se presentaron en Valladolid con antelación, intentando predisponer al Señor Cardenal.

El 13 de mayo de 1897 se celebra en Valladolid el primer Capítulo General.

Es elegida nueva Superiora General Madre Magdalena de Jesús y Madre Carmen pasa a ser primera Consejera.Text41023i

Pero no cesaron las persecuciones por parte de algunas hermanas que por carta y de palabra la herían:

—¡Aquella vieja que la metan en un rincón a rezar!. ¡La viejecita llora de celos!

Aunque también tuvo Madre Carmen la alegría de ver cómo algunas de las Hermanas pidieron perdón reconociendo su error. Ella las perdonó a todas porque estaba llena del amor de Dios.

Seguía pasando largos ratos de oración delante del Sagrario. Entre sus manos se le veía frecuentemente el libro «La Hermosura de Dios».

 

Las Hermanas le piden que intervenga en el gobierno del Instituto, y ella contesta:

—«Las Superioras dispondrán. A mí me toca orar, que así saldrán las cosas mejor que con mi intervención y pobres consejos.»

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Las enfermedades que tenía se le van agravando, y en 1899 contrae tifus. Corre el mes de noviembre, y la Madre ya no sale de su celda. La Superiora General, por temor al contagio, no deja que las Hermanas entren.

 

El 1 de Noviembre, al terminar de arreglar algunas cosas, dice a Madre Carlota, la secretaria: «Ya estoy tranquila».

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El 8 de noviembre recibe la Santa Unción de los enfermos, y a la pregunta del sacerdote: ¿Perdona de todo corazón a todos los que le han hecho mal?; responde, a pesar del estado agónico, con entereza y decisión:

—«Sí, Padre, los perdono de todo corazón».

Le pusieron allí cerca el Niño Jesús y la Virgen del Socorro, las imágenes que desde pequeña habían sido sus mejores confidentes. Les dirige miradas de gratitud; les confía sus hijas, su Congregación.

El miércoles por la tarde se agrava. Ya sólo la Madre General y las enfermeras entran en la celda las demás, en el coro, tribunas y habitaciones próximas, adivinan lo que puede pasar en cada instante... y rezan.

Es ya noche cerrada y el sueño no rinde al dolor; por eso permanecen todas en vela. Todas. Madre Carmen también. Espera alerta su última hora. Con mucha paz, con alegría...

Ven, Señor, Jesús.

 

 

                                                                                            Cama donde falleció Madre Carmen

 

A las dos de la madrugada del jueves, murió. El 9 de noviembre en el año que había cumplido Madre Carmen los sesenta y cinco años, con una gran paz, invocando a la Virgen del Socorro, entregó su alma al Creador.

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—Sí; ha muerto la Madre Carmen, la de La Victoria. Parece mentira, pero es cierto.

 

Ella... que fue rica y vivió siempre para los pobres, que sabía, como nadie, soportar el propio sufrimiento, que no tenía nada suyo, que nunca dejó de ayudar al que la necesitaba, de rezar con el que no sabía...

En Antequera no se comenta otra cosa. Sólo se habla de ella, y, además, a media voz, con respeto, con mucho sentimiento y con muchísimo cariño.

—No sé qué pasa, pero te pones a rezar por ella y cuando te das cuenta estás hablando con ella, seguro de que te escucha, de que recibe lo que le dices con el corazón de par en par, como si la tuvieras delante.

Esta fue la reacción del pueblo que la vio nacer, sufrir, gastarse por amor de Dios y de los hermanos y morir con sencillez, como realizando un acto de servicio más, el último aquí abajo, el que daría paso a las interminables bendiciones que se dejarían sentir después de su muerte.

En La Victoria los sucesos siguientes conmovían. La separación era dura, irremediable. Sus hijas habían querido aprovechar el último rayo de esperanza, pero se les escapaba de las manos.

Luego la noticia se difundió rápida, como si hubiera sido empujada por este aire solano de Antequera que siempre va tan deprisa.

De todas partes llegan a la Victoria cartas llenas de asombro, de conformidad y, al mismo tiempo, de interés por conocer detalles, por saber hasta los últimos pormenores.

Sí; habían muerto ya varias hermanas a consecuencia del tifus. Madre Carmen, ya afectada de la enfermedad, cuando supo el fallecimiento de Madre Victoria, la que fue su secretaria, anunció que ella la seguiría y con su muerte echaría la llave a tantas como se venían sucediendo.

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Aquello se cumplía; la Madre murió pocos días después; cesó el tifus y hasta nueve años más tarde no se registró ningún fallecimiento en la Victoria.

También había dicho otra cosa:

«Cuando yo muera aprobarán definitivamente las Constituciones».

Muy pronto, tres años después, se haría realidad lo que Madre Carmen había dicho, y el 3 de mayo de 1902, Su Santidad el Papa León XIII, aprueba la Congregación y sus Constituciones.

¿Es que Madre Carmen tenía don de profecía? No sé... Lo cierto es que había llegado a tal altura que penetraba con la mayor naturalidad la realización del deseo escondido en las cosas.